
– Y son los hombres quienes más desprecian a las mujeres.
– Precisamente -dijo Sarah, ajustándose las gafas-. Y prueba una de mis teorías favoritas: no hay nada más molesto en la tierra que un hombre.
– ¿Hablas de algún hombre en particular? -preguntó Carolyn con la voz cargada de diversión-. ¿O hablas en general?
– En general. Sabes cuánto me gusta observar la naturaleza humana, y basándome en mis detalladas observaciones, he llegado a la conclusión de que a la inmensa mayoría de los hombres se les puede definir con una sola palabra.
– ¿Una palabra que no sea «fastidioso»? -preguntó Julianne.
– Sí. -Sarah arqueó las cejas e hizo una pausa, como si fuera una profesora esperando las respuestas de sus alumnas. Como nadie se aventuró, las apremió-: ¿Los hombres son…?
– ¿Enigmáticos? -dijo Carolyn.
– Eh… ¿viriles? -propuso Emily.
– Hummm… ¿peludos? -añadió Julianne.
– Memos -indicó Sarah con un brusco asentimiento de cabeza haciendo que las gafas se le volvieran a resbalar por la nariz-. Casi sin excepción. Sean jóvenes o viejos creen que las mujeres no son más que estúpidos adornos que se pueden ignorar o simplemente utilizar para tolerarlas después. Algo a lo que dar una palmadita en la cabeza y luego dejar tirado en cualquier esquina para continuar bebiendo su brandy o coqueteando.
– No sabía que tuvieras tanta experiencia con caballeros -dijo Carolyn con suavidad.
– Una puede sacar sus propias conclusiones de la mera observación. No me hace falta jugar con fuego para saber que acabaré quemándome. -El rubor inundó las mejillas de Sarah. Era cierto que tenía muy poca experiencia con los hombres, y que las miradas masculinas siempre parecían pasarla por alto para recaer en alguna mujer más atractiva. Al ser de naturaleza pragmática y muy consciente de las limitaciones de su apariencia, hacía tiempo que había dejado de lamentarse por ese hecho. Ser invisible para los hombres le había permitido observar su comportamiento durante largas horas mientras estaba sentada en las esquinas de las numerosas veladas a las que había asistido recientemente con Carolyn, todo para intentar alentar a su hermana a que abandonara el luto. Y basándose en esas observaciones, Sarah sentía que su opinión estaba justificada con creces.
