
Un búho ululó, y se le disparó el pulso; apretó los labios para impedir que el tétrico entorno lo asustara. Llevaba meses realizando esas secretas salidas nocturnas y estaba acostumbrado a los sonidos extraños provenientes del bosque en sombras. Con calma, se inclinó y rodeó con los dedos la fría empuñadura metálica del cuchillo que llevaba en la bota. No tenía pensado usar el arma, pero lo haría si se veía obligado. No había llegado tan lejos ni dedicado tanto tiempo a la búsqueda, para permitir que alguien la amenazara.
«¿Búsqueda?» La palabra en sí parecía una burla, y se tragó el amargo sonido que pugnaba por salir de su boca mientras clavaba la pala en la dura tierra. Era mucho más que eso. Durante todo el año anterior, esas malditas aventuras nocturnas se habían convertido en algo más que una búsqueda. Era una obsesión que lo despojaba del sueño, de su tranquilidad de espíritu. Pronto… pronto sabría. De una manera u otra.
Levantando una pesada paletada de tierra, la echó a un lado mientras sus cansados músculos protestaban por el esfuerzo. ¿Cuántas fosas más podría cavar? ¿Cuántas noches más podría resistir sin dormir? Incluso durante el día, cuando tenía que abandonar la búsqueda por temor a ser descubierto, esa tarea seguía obsesionándolo. En estos momentos le quedaba menos de un mes para cumplir su promesa. Y tanto su honor como su integridad requerían que la cumpliera. Había comprometido ambas cosas y, como consecuencia de su insensatez, se negaba a cometer otro error.
«Sí, mejor mantener tu promesa que cometer otra equivocación», se burló una vocecilla en su interior.
Como esas excursiones nocturnas en la oscuridad. Pero ahora, tras intentar con tanto ahínco no fracasar, no podía burlar a su mayor enemigo.
