Estalló otro relámpago atravesando el cielo oscuro, y abrió los ojos. Durante unos segundos, el rayo iluminó las fechas centenarias de las lápidas de la familia Devenport impertérritas bajo el aguacero. Matthew parpadeó ante la repentina claridad, luego se quedó paralizado cuando descubrió la figura inconfundible de un hombre. Un hombre que se deslizaba por la linde trasera del cementerio. Un hombre al que reconoció inmediatamente.

Maldita sea, ¿qué estaba haciendo Tom Willstone deslizándose a hurtadillas en mitad de la noche por una propiedad privada? ¿Lo habría visto el herrero del pueblo? ¿Habían sido los indiscretos ojos de Tom los que había sentido sobre él un momento antes? Tampoco es que fuera un delito cavar fosas en su propiedad, pero dada la naturaleza de su tarea, Matthew tenía pocas ganas de que lo vieran. La observación conducía a la especulación, y la especulación a interminables preguntas…, ninguna de las cuales querría ni podría contestar.

Otro rayo cruzó el cielo y vio cómo Tom desaparecía en medio de los olmos y arbustos que separaban su propiedad, Langston Manor, del camino que conducía al pueblo de Upper Fladersham. No sabía lo que estaba haciendo Tom allí ni lo que podría haber visto, pero tenía que enterarse. Tendría que ir al pueblo.

Se le puso un nudo en el estómago sólo de pensarlo. No había ido al pueblo desde hacía casi veinte años. No desde entonces…

Interrumpió bruscamente sus pensamientos, no pensaba dejarse llevar por aquellos dolorosos recuerdos. No tenía por qué ser él quien fuera al pueblo. Simplemente haría lo que llevaba haciendo dos décadas: enviaría a alguien en su lugar. Por suerte, Daniel estaba entre los invitados. Su mejor amigo haría el viaje por él.

Sus invitados… Daniel -el amigo en el que más confiaba-, y varios amigos más.



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