Y un rebaño de jovencitas, en el que cada una parecía una réplica de las demás, un grupo de mujeres parlanchinas donde no se distinguían individualidades. Y luego estaban las damas de compañía, mamás con los ojos puestos en el matrimonio o tías con el mismo objetivo, que lo miraban con la misma codicia que unos buitres carroñeros observarían a un cadáver reciente. Si esas defensoras de la virtud conocieran la verdad sobre su vida y sus circunstancias, dudaba que estuvieran tan ansiosas por lanzar sus hijas a sus brazos.

Una risa carente de humor escapó de sus labios, ahogada por el ruido de la lluvia y los truenos. Pero de todas maneras no tenía importancia. Después de todo, había cosas que podían ser pasadas por alto si a cambio se obtenía el título de marquesa de Langston. Esbozó una mueca de disgusto pensando en las joyas de la sociedad que había invitado a su casa. Todas parecían… vulgares. Eran las típicas mujeres de su clase…, flores de invernadero que parloteaban durante horas sobre temas insustanciales como el clima y la moda. A pesar de que cada una de sus invitadas poseía las cualidades necesarias que él buscaba en una esposa, ninguna le había llamado la atención.

Bueno, salvo la que se había sentado en el extremo opuesto de la mesa del comedor. La hermana menor de lady Wingate, que estaba presente en la reunión por insistencia de su hermana. La chica a la que se le habían deslizado las gafas por la nariz. ¿Cuál era su nombre? Sacudió la cabeza, sintiéndose incapaz de recordarlo.

La única razón por la que se había fijado en ella era que la casualidad lo había llevado a mirar en su dirección después de que sirvieran la sopa. Ella se había inclinado sobre su plato, probablemente para disfrutar del aroma. Cuando se incorporó, las lentes de sus gafas estaban completamente empañadas por el vapor de la sopa. Una inesperada risita pugnó por escapársele de la garganta, una risa nacida de la empatía, ya que era lo mismo que le pasaba a él cuando tomaba el té y llevaba puestas las gafas. Imaginó el parpadeo tras las lentes opacas y no pudo evitar esbozar una sonrisa divertida. Segundos más tarde, con las lentes limpias, sus miradas se encontraron. Algo chispeó en los ojos de la chica, pero antes de que pudiera descifrarlo, apartó la mirada y otro invitado reclamó su atención.



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