
– Cuatro mil dólares en cuatro millones es un margen demasiado bajo para ser accidental, sobre todo si lo presenta un hombre que tuvo en su poder mi maleta la primera mitad del día.
Una expresión de auténtico disgusto convirtió en granito los rasgos de Sam Brown. Permaneció de pie frente a ella, inmóvil, las mandíbulas apretadas. Durante unos instantes su expresión pareció paralizarse. Pero después se le ablandaron los labios. Sus ojos recorrieron lentamente la blusa de Lisa, sin llegar siquiera a sus caderas antes de volver a ascender. Su voz se convirtió en un ronroneo de disgusto mientras retrocedía un paso y murmuraba con tensa tolerancia masculina:
– Por lo que he visto en su maleta, cabía suponer que se mostraría muy irritable en estos días del mes, de modo que atribuiré todo el incidente a los problemas femeninos, y no insistiré más en su…
– ¡Crack!
Ella descargó la mano abierta sobre el costado de la boca de Sam Brown. El golpe lo desconcertó por un momento, y retrocedió sorprendido y aturdido.
– Usted… degenerado -chilló Lisa-. ¡Podría haber esperado algo parecido de un… pervertido, que lleva revistas pornográficas en su maleta durante un viaje de negocios!
A la izquierda de los labios de Brown aparecieron cuatro rayas rojas. Él cerró los puños. Se le marcaron los músculos del cuello. Los ojos relucieron como pedazos de resina, y sus labios formaron una línea fina y tensa.
