
Lisa cortó la comunicación.
«¡Machista, canalla reaccionario!» De nuevo constató la total inutilidad de aspirar a un cambio en las estrechas opiniones de hombres como Floyd A. Thorpe.
Lisa no se hacía ilusiones acerca de los motivos por los cuales la habían empleado. No sólo era mujer, sino que tenía un cuarto de sangre india, circunstancias que hacían que su jefe fuera considerado por el gobierno federal un empleador de miembros de minorías; el gobierno federal había decretado que el diez por ciento de los recursos federales destinados a trabajos públicos serían asignados a empresarios que tuvieran a miembros de las minorías en su nómina.
Ante las considerables ventajas de que disfrutaban estos contratistas, Floyd A. Thorpe habría pagado lo que fuera por ser él mismo una india… si hubiera podido serlo sin convertirse en piel roja ni ser mujer. Pero Floyd Thorpe no sólo era varón; también era tan blanco como el propio presidente, y nunca permitía que Lisa lo olvidara. Siempre que ella estaba cerca, escupía la saliva oscurecida por el pedazo de tabaco que mascaba sin descanso. Ceñía su prominente barriga con un cinturón apretado. Contaba chistes obscenos y hablaba con el lenguaje más sucio que podía concebirse. La situación iba a peor, mientras Lisa continuaba rechazando las invitaciones de Floyd Thorpe para ocupar el cargo de vicepresidente de Construcciones Thorpe. Y si a Lisa Walker eso no le agradaba, la actitud prepotente de Thorpe, sugería que podía volver a su casa y dedicarse a masticar cueros, plantar maíz y criar algunos niños.
