
El cerebro de Lisa contempló innumerables e ingratas posibilidades, mientras se preguntaba a quién llamar primero. ¿Podría recuperar su propia maleta y presentar la propuesta antes de las dos de la tarde?
Perdió cinco minutos telefoneando a la oficina de información de la compañía aérea, que le recomendó que llamara a la sección de objetos perdidos; allí le informaron que volverían a comunicarse con ella en media hora. Frustrada e irritada consigo misma y con la compañía que no tenía un empleado encargado de verificar la identificación de los equipajes, Lisa regresó al aeropuerto. Cuando la búsqueda en el departamento de objetos perdidos resultó inútil, consideró que había poco que hacer, excepto llamar a la oficina central de Kansas City y reconocer su error.
Lisa sintió que le dolía el estómago mientras marcaba el número. Imaginó el vientre redondo y los ojitos porcinos de Floyd Thorpe, el presidente y propietario de la compañía, que nunca desaprovechaba la oportunidad de recordarle por qué la había contratado. Oh, cómo esperaba Thorpe esa ocasión. Era un reaccionario pagado de sí mismo, y, en efecto, había esperado mucho tiempo su oportunidad. Ella sabía muy bien que Thorpe rechinaba los dientes cada vez que se cruzaban en las oficinas. Sin duda tenía que visitar a su psicoterapeuta todos los días de pago, después de entregarle su cheque.
«Bien, ¿deseabas competir en un mundo masculino y ganar el sueldo de un hombre…? ¡Pues ya lo tienes!»
En los tres años que Lisa llevaba trabajando en la industria de la construcción, nunca le había costado tanto ganar el sueldo.
La voz de Floyd Thorpe se quebró a causa de la cólera. Emitió un verdadero rosario de malas palabras, y concluyó ordenando a Lisa:
– Lleva
