
De pronto, a Lisa se le endurecieron los músculos, cuando oyó la voz del ingeniero municipal que resonaba en la sala, y leía el nombre escrito en el siguiente sobre.
– Compañía Constructora Thorpe, de Kansas City.
Lisa sintió que el corazón le latía aceleradamente. ¡Sin duda se trataba de un error! Exploró la sala con la mirada buscando a otro empleado de la empresa, pero ella era la única. ¿Cómo había llegado allí aquel sobre? Apenas tuvo tiempo de formularse la pregunta, cuando un abrecartas de bronce abrió el grueso sobre con un sonoro rasguido y, mientras Lisa continuaba sumida en su sorpresa, oyó la oferta:
– Cuatro millones doscientos.cuarenta y nueve mil dólares.
El corazón le latió como un tambor y se apretó el pecho con la mano. «¡Dios mío! ¡Hasta ahora mi oferta es la más baja!» Paseó la mirada sobre las caras de los que habían quedado excluidos con esta oferta, que entonces suspiraban decepcionados.
Lisa no conocía nada que igualara a la alegría de estos momentos. El dulce sabor de la venganza ya estaba consiguiendo que se le hiciera la boca agua ante la idea de regresar a Kansas City y exponer la noticia ante los ojillos de cerdo de Floyd A. Thorpe.
Leyeron otra oferta: cuatro millones seiscientos. ¡La suya continuaba siendo la más baja!
Necesitó realizar un gran esfuerzo para sentarse tranquilamente en su silla y esperar. Cuántas veces había participado en reuniones de esta clase y había conocido ese sentimiento de alegría, hasta que en el último momento alguien la superaba. Solo podía haber un ganador, y cuanto más elevado el número de ofertas, más grande la gloria; cuanto más grande la tarea, mayores las posibles ganancias. Y este proyecto era importante…
Lisa se mordió el labio inferior tratando de contener su entusiasmo cada vez más intenso, cuando se abrieron y leyeron tres ofertas más; ninguna de ellas fue inferior a la suya.
