Por fin, el ingeniero del municipio sonrió y anunció la última oferta:

– Brown & Brown, Inc., Kansas City, Missouri -dijo, mientras levantaba el voluminoso sobre y lo abría. En la habitación reinaba el silencio más absoluto. Incluso antes de leer en voz alta la cifra, se amplió la sonrisa del ingeniero, y Lisa experimentó una premonición de desastre.

– ¡Cuatro millones doscientos cuarenta y cinco mil dólares!

Lisa sintió que el alma le caía a los pies. Se encogió, apoyándose en el respaldo de la silla, y trató de evitar que se advirtiera su desilusión. Tragó saliva, cerró los ojos y respiró hondo, mientras el ruido de pasos y los golpes metálicos de las sillas colmaban la habitación. Sintió el cuerpo pesado como plomo, pero con mucho esfuerzo consiguió ponerse de pie. Perder era duro. Pero ocupar el segundo lugar resultaba más difícil. Y ocupar el segundo lugar solo por cuatro mil dólares, en un trabajo que valía más de cuatro millones, representaba un auténtico sufrimiento.

Cuatro mil dólares… Lisa contuvo un gesto irónico. Lo mismo podrían haber sido cuatro centavos. ¿Podía haber algo más difícil que felicitar al ganador en un momento así? El hombre que estaba al lado de Lisa se acercó al núcleo de gente que, según supuso, se agrupaba alrededor del vencedor. Alcanzó a entrever los cabellos negros de un hombre, los hombros anchos. Y de inmediato se incorporó.

«Cortesía», pensó desalentada, y sintió deseos deprescindir de las felicitaciones.

Era evidente que el hombre se sentía muy complacido. Su ancha sonrisa se volvió hacia un competidor que lo criticó con buen humor:

– ¡Lo conseguiste otra vez, Sam, maldito seas! ¿Por qué no dejas algo para los demás?

La sonrisa se convirtió en risa franca cuando la mano bronceada estrechó la de su interlocutor, mucho más clara.



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