Él frunció el ceño sorprendido, y Lisa al fin consiguió desprender la mano.

– ¿Lisa Walker? ¿De Kansas City?

– Sí.

En los grandes labios se insinuó el comienzo de una sonrisa, y los ojos oscuros del hombre recorrieron la camisa arrugada, los vaqueros descoloridos y los mocasines sucios. Al levantar de nuevo la mirada, los ojos mostraron un matiz evidente de humor.

– Creo que tengo algo suyo -dijo, inclinándose un poco más, con voz grave y confidencial.

Lisa imaginó una serie de artículos personales de su maleta… sostenes, bragas, compresas, su diario. La voz insinuante de Sam Brown le recordó que ella estaba vestida como una adolescente que hubiera salido a pasear, y no como debía estarlo para asistir a una actividad empresarial que exigía profesionalidad tanto en la conducta como en el vestir. Al mismo tiempo él (a pesar de que también había perdido la maleta) exhibía un par de mocasines brillantes, los pantalones limpios y planchados, una camisa color melocotón con el cuello abierto, y una chaqueta deportiva de verano.

La diferencia logró que Lisa se sintiera en posición de desventaja. El rubor le alcanzó la cara, y llegó acompañado por un atisbo de suspicacia y cólera, Sí, él, en verdad tenía algo que le pertenecía… ¡Una obra que valía más de cuatro millones de dólares! Pero ese no era el lugar apropiado para acusarlo. Había otras personas que podían oír lo que hablaban, de modo que se vio obligada a contestar mostrando apenas la irritación que sentía.

– Entonces, usted es quien ha presentado mi oferta.

– Yo fui.

– ¿Y supongo que debo agradecérselo?

– La sonrisa de Brown profundizó los surcos a cada lado de sus labios.

– ¿Nadie le ha recomendado que lleve encima todo lo importante cuando viaje en avión?



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