
Afectada por el hecho de que sin duda él tenía razón, Lisa solo pudo mirarlo enojada y exclamar:
– Quizá usted debería contemplar la posibilidad de enseñar a los miembros de un seminario lo que debe hacerse y lo que no al preparar ofertas para una licitación pública. Estoy segura de que los alumnos de la clase podrían aprender de usted muchísimas técnicas.
Él tuvo la elegancia de retroceder un paso y atenuar un poco la intensidad de su sonrisa.
– ¿Cómo se atreve a presentar la oferta de otra persona? -dijo ella con acento desafiante.
– Dadas las circunstancias, me ha parecido que era lo único honorable.
– ¡Honorable! -Lisa casi gritó, y después trató de atenuar la voz-. Pero usted primero ha leído honorablemente la oferta, ¿no es verdad?
La media sonrisa de Brown se convirtió en un gesto hostil.
– Usted es la persona que retiró la maleta equivocada. Yo recogí…
– Si no tiene inconveniente, no deseo discutir aquí el asunto -dijo ella en un murmullo irritado, y al mirar alrededor vio que muchos escuchaban con curiosidad-¡Pero sí, quiero hablar del asunto! -Los ojos de Lisa ardieron, pero se impuso moderación, a pesar de que deseaba disparar toda su artillería sobre aquel hombre.-¿Dónde está?
Contrariado, él introdujo la mano en el bolsillo del pantalón y cargó su peso sobre uno de los pies.
– ¿Dónde está qué cosa?
– Mi maleta -respondió ella masticando la palabra, como si estuviera explicando el asunto a un tonto.
– Ah, la maleta. -Desvió la mirada, sin manifestar interés-. Está en mi coche.
Ella esperó con un gesto paciente, pero él se abstuvo de proponerle la devolución.
– ¿Hacemos el cambio? -sugirió Lisa con voz dulzona.
– ¿Cambio? -Brown de nuevo clavó en ella la mirada sombría.
– Creo que yo tengo la suya.
Ahora, él concentró toda su atención en Lisa. Se inclinó más hacia ella.
– ¿Usted tiene mi maleta?
