Danielle Steel


Destinos Errantes

CAPITULO PRIMERO

El sol penetraba a raudales a través de las grandes vidrieras, arrancando destellos de luz de todos los objetos de la casa. La repisa de nogal labrado de la chimenea de uno de los dos salones frontales brillaba como un espejo, y sus rosetones y bustos femeninos habían sido perfectamente lustrados con aceite. La alargada mesa de marquetería del centro de la estancia era no menos hermosa, aunque apenas se la podía ver bajo los montones de tesoros pulcramente apilados encima de ella desde hacía varias semanas: figuras de jade, enormes bandejas de plata, manteles de encaje, dos docenas de soberbios cuencos de cristal tallado y por lo menos, tres docenas de saleros y pimenteros de plata y catorce candelabros de plata. Los regalos de boda estaban pulcramente alineados sobre la mesa como en espera de una inspección, y al final de la mesa había un cuaderno y una pluma estilográfica negra para escribir el nombre del donante y su correspondiente regalo a fin de que la novia pudiera dar las gracias cuando tuviera tiempo. Una de las doncellas quitaba diariamente el polvo de los regalos y el mayordomo se encargaba de que la plata se limpiara con la misma asiduidad que todo el resto de la mansión Driscoll. Se respiraba una atmósfera de comedida opulencia, de riqueza evidente, pero jamás ostentosa. Los pesados cortinajes de terciopelo y las cortinas de encaje del salón frontal impedían las miradas de los curiosos al igual que el alto muro que rodeaba la casa, los árboles y los bien cuidados setos. El hogar de los Driscoll era algo así como una fortaleza.

Una voz femenina llamó desde el vestíbulo principal, justo al otro lado de la escalinata. La voz, apenas un susurro, pertenecía a una esbelta joven de finas caderas, largas piernas y hombros delicadamente esculpidos que, en aquel momento, acababa de entrar en el salón.



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