
La joven lucía una bata de raso de color de rosa, llevaba el cabello cobrÍ2o recogido en un moño y no aparentaba más de veintitantos años. La suavidad del raso contrastaba con la severidad de su semblante. Permaneció de pie, contemplando la mesa cargada de regalos mientras sus ojos recorrían muy despacio los tesoros, y después se acercó a la mesa para leer los nombres que ella misma había anotado: Astor, Tudor, Van Camp, Sterling, Flood, Watson, Crocker, Tobin… Eran la flor y nata de San Francisco, de California…, de todo el país. Nombres magníficos, gente estupenda y regalos impresionantes que, sin embargo, la dejaron completamente fría mientras se acercaba a la puerta vidriera para echar un vistazo al jardín. Estaba tan impecablemente cuidado como cuando ella era pequeña. Siempre le habían gustado los tulipanes que solía plantar su abuela cada primavera, con su abigarrada mezcla de colores, tan distintos de la vegetación de Honolulú. Siempre le tuvo mucho cariño a aquel jardín. Exhaló un profundo suspiro, pensando en todo lo que tenía que hacer aquel día, y después dio una despaciosa media vuelta sobre un delicado tacón de raso, entornando los ojos intensamente azules. Los regalos eran preciosos, desde luego, y también lo sería la novia…, siempre y cuando encontrara un instante para irse a probar el traje. Audrey Driscoll se contempló la delicada muñeca en la que lucía el reloj de brillantes de su madre. Tenía un pequeño cierre de rubíes que le encantaba.
Había dos doncellas en la planta baja, un mayordomo, una camarera que se encargaba de los dormitorios del piso de arriba y una cocinera en el piso inferior con una doncella y una ayudante, dos jardineros y un chófer. En total, diez personas que mantenían a Audrey muy ocupada. Llevaba catorce años dirigiendo la casa, desde su llegada de Hawai. Cuando sus padres murieron en Honolulú, ella tenía once años y Annabe-lle siete. No tuvieron más remedio que trasladarse allí. Recordó la brumosa mañana de su llegada, cuando Annabelle asió fuertemente su mano y rompió a llorar, presa del terror. Su abuelo envió al ama de llaves para que las recogiera en las islas, y ésta y Annabelle se pasaron toda la travesía mareadas.