
Audrey sabía que su abuelo se había encerrado allí para fumarse un cigarro y descansar un rato antes de que el chófer le llevara al Pacific Union Club. Permanecería sentado con la mirada perdida en la distancia, soñando en los viejos tiempos, leyendo cartas de amigos y preparando mentalmente las respuestas que escribiría aquella misma tarde. Poco más le quedaba por hacer, a diferencia de Audrey que tenía que ayudar a su hermana y organizar una boda de quinientos invitados.
– Hoy no me apetece ir al centro, Aud. Ayer tarde hizo mucho calor y aún me duele la cabeza.
– Lástima. Tómate una aspirina antes de salir de casa. Faltan sólo tres semanas para la boda. ¿Viste los regalos que se recibieron ayer?
Audrey tomó firmemente del brazo a su hermana y la acompañó al salón frontal. La alargada mesa se llenaba de hora en hora de regalos de amigos suyos y de Harcourt.
– Oh, Dios mío -exclamó Annabelle en tono quejumbroso-. ¡Cuántas notas de agradecimiento tendré que escribir!
– ¡Y tú fíjate en los regalos tan preciosos que te han enviado! Alégrate y deja de quejarte.
Audrey más parecía la madre de Annabelle que su hermana mayor. Llevaba catorce años prestándole toda su atención. Incluso se matriculó en un centro superior de la cercana localidad de Mills para no alejarse demasiado de ella. Por su parte, Annabelle no quiso seguir estudiando tras finalizar sus clases con la señorita Hamlin. Nadie esperaba que lo hiciera puesto que todo el mundo estaba de acuerdo que la inteligente era Audrey mientras que ella era la guapa.
– ¿De veras tengo que ir hoy? -preguntó Annabelle, mirando con expresión suplicante a su hermana.
Audrey la obligó a subir al piso de arriba para vestirse y, después, le hizo escribir media docena de notas de agradecí- miento mientras ella se vestía. Ya estaban listas cuando el chófer acudió a recogerlas a las die2 y media en el Packard azul oscuro que el abuelo reservaba para su uso. Era un hermoso día estival de la primera semana de julio con un cielo tan azul como el de las Hawai.
