
Annabelle sacudió sus rizos dorados y miró con expresión desafiante a su hermana, mientras Edward Driscoll la contemplaba fascinado. Era una criatura sorprendentemente bonita, muy parecida a su madre. En cambio, Audrey era como su padre. Si éste no hubiera…, pero de nada servía pensar en eso ahora… Aquellos malditos lugares dejados de la mano de Dios. Había estado en todas partes, desde Samoa a Manchuria, ¿y de qué le había servido al final?
– Además -añadió Annabelle-, no me parece correcto que habléis de política a la hora del desayuno. Es malo para la digestión.
Edward Driscoll se quedó mudo de asombro y Audrey tuvo que apartar el rostro para disimular una sonrisa. Luego, volvió de nuevo la cabeza y miró a su abuelo a los ojos. Éste la acarició con la mirada en un silencioso gesto de cariño.
– Os veré a las dos a la hora de cenar. Y también a Harcourt -dijo Edward Driscoll, dando media vuelta para dirigirse a la biblioteca mientras Audrey contemplaba su espalda.
Estaba un poquito más encorvado que hacía un año, pero apenas se notaba. Era un hombre fuerte y orgulloso y Audrey estaba en deuda con él. Tendría que pagarle con el resto de su vida o tal vez con su propia persona durante los años que él viviera. La necesitaba para llevar la casa. Audrey miró a su hermana menor, pensando que a ésta le quedaban aún muchas cosas por aprender. Sin embargo, Annabelle se negó en redondo a que su hermana la enseñara a gobernar una casa, alegando que Harcourt sólo quería que se dedicara a ponerse guapa y pasarlo bien; él ya se encargaría de todo lo demás. En opinión de Harcourt, era «vulgar» que una mujer asumiera demasiadas responsabilidades, decía Annie, sin percatarse de los dardos que arrojaba contra su hermana. Audrey se limitaba a mirarla con expresión divertida, pensando que los puntos de vista de Harcourt sobre la «vulgaridad» le importaban un pimiento.
– No olvides que hoy tienes que ir a probarte el traje de novia -le recordó Audrey a Annabelle, abandonando el salón en compañía de su hermana en el preciso momento en que la puerta de la biblioteca se cerraba de golpe.
