
– Se te veía tan feliz -dijo Annabelle, mirándola con inocencia.
Audrey sonrió y apartó los ojos de la ventanilla para mirar a su hermana.
– Debía de pensar en ti…, en la boda…
Ambas hermanas descendieron del automóvil y algunos peatones se las quedaron mirando. No era frecuente ver un Packard en los tiempos que corrían. Casi todo el mundo los había tenido que vender. Annabelle entró en el establecimiento con expresión extasiada y Audrey la siguió con la mirada perdida, como si acabaran de arrancarla de un remoto lugar, de la fotografía en la que pensaba durante el trayecto en automóvil, y la hubieran dejado de golpe en aquel sitio tan mundano y complaciente. La sensación le pareció extraña y, en aquel momento, una sinfonía de perfumes franceses invadió su olfato, y los guantes, sombreros y blusas de seda parecieron danzar ante sus ojos, todos muy bonitos y todos carísimos. Audrey pensó de repente en lo absurdo e insensato que era todo… y en lo injusto. Había en la vida cosas mucho más importantes: personas que no se podían permitir el lujo de comer o de comprar ropas de abrigo para sus hijos en invierno; barrios de chabolas llenas de gentes sin hogar, y ella estaba allí con su hermana menor, comprando elegantes prendas y un traje de novia que costaba más que toda una carrera universitaria.
– ¿Te encuentras bien? -le preguntó Annabelle, mirándola un instante en el probador donde se estaba poniendo el traje. Por un momento, le pareció que el rostro de Audrey adquiría un tinte verdoso, y así fue, en efecto. El contraste entre lo que veía y lo que pensaba casi le produjo un mareo.
– Estoy bien. Es que aquí hace mucho calor, eso es todo.
Dos dependientas corrieron por un vaso de agua y, mientras una abría el grifo y otra sostenía el vaso, comentaron en susurros lo que todo el mundo pensaba.
– Pobrecilla…, se muere de envidia de su hermana… Pobre-cilla…, es la solterona.
