
Audrey no oyó esas palabras, pero ya las había oído suficientes veces. Estaba acostumbrada a ellas y le traía sin cuidado, incluso aquella noche cuando se sentó a conversar en el salón con Harcourt Westerbrook IV, mientras esperaba que Annabelle bajara del piso de arriba y que el abuelo regresara del club. Éste llegó tarde, cosa insólita en él, y Annabelle se hizo esperar mucho, lo cual era completamente previsible en ella. Siempre llegaba tarde y siempre con la cara arrebolada, menos cuando Audrey se encargaba de todo.
– ¿Ya está preparado el viaje de luna de miel?
Con Harcourt, no podía hablar de otra cosa que no fuera la boda. Con cualquier otro hombre, hubiera comentado la nominación de la convención demócrata, pero conocía muy bien la opinión de Harcourt sobre las mujeres que hablaban de política con los hombres. Audrey se preguntó de qué habrían hablado la vez que ambos fueron a bailar. Quizá de la música. ¿O acaso Harcourt pensaba que las conversaciones sobre este tema también eran vulgares? Se le escapó la risa, pero en seguida logró reprimirla. Harcourt le estaba describiendo con todo detalle los planes del viaje de luna de miel. Tomarían el tren hasta Nueva York y allí embarcarían en el lie de France rumbo a El Havre; desde allí, seguirían hasta París en tren, se dirigirían a Cannes donde pasarían unos días y después recorrerían la Riviera italiana, visitarían Roma, se irían a Londres y regresarían en barco a casa. Pensaban estar ausentes un par de meses y, aunque el viaje parecía muy bonito, no era el que a Audrey le hubiera gustado hacer. Ella hubiera viajado a Venecia para tomar el Orient Express hasta Estambul. Se le iluminaron los ojos sólo de pensarlo, pero el monótono zumbido de la voz de Harcourt la devolvió a la realidad. Le estaba diciendo algo sobre un primo suyo que vivía en Londres, que les había prometido concertarles una audiencia con el rey. Audrey fingía estar enormemente interesada. En aquel instante, entró el abuelo y miró a Harcourt con expresión enfurruñada. Intuyendo su intención de comentar que nadie le había advertido de que había invitados a cenar, Audrey se le acercó, le tomó de un brazo y lo acompañó hasta Harcourt, esbozando una encantadora sonrisa.
