– ¿Recuerdas que te dije que Harcourt vendría esta noche? El abuelo la miró un instante con los ojos entornados y entonces le pareció recordar algo.

– ¿Fue antes o después de que hicieras todos aquellos estúpidos comentarios sobre Roosevelt?

El abuelo la miró con cierto hastío no exento de benevolen-cia, mientras ella se reía y Harcourt contemplaba la escena escandalizado.

– Una desgracia, ¿no se lo parece, señor?

– No importa. Hoover será reelegido.

– Así lo espero.

«Otro ardiente republicano», pensó Audrey, mirándoles asqueada.

– Como eso ocurra, destruirá el país para siempre.

– ¡No empieces con tus estúpidas teorías! -tronó el abuelo, quedándose sin público en cuanto Annabelle apareció en escena, luciendo un vestido de seda tornasolada de color azul pálido. Parecía una figura salida de un cuadro y estaba preciosa con sus grandes ojos azules, sus delicados rasgos y el cabello rubio enmarcándole el rostro. Harcourt se quedó embobado al verla y sólo le quitó los ojos de encima para dirigirle a Audrey una mirada de reproche mientras los cuatro se encaminaban hacia el comedor.

– No dirías en serio lo de Roosevelt.

– Pues claro que sí. Éste es el peor año que ha vivido nuestro país y todo gracias a Hoover.

Audrey hablaba con una seguridad que no admitía discusión, pero Annabelle la miró con ojos suplicantes mientras tomaba del brazo a Harcourt.

– No hablaréis de política esta noche, ¿verdad?

Los grandes ojos tenían casi un aire de candor infantil.

– Pierde cuidado -contestó Harcourt, dándole unas palmadas en la mano.



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