
Audrey le miró sonriendo, conmovida por su preocupación.
– Todavía no estoy preparada para casarme. Y, de todos modos, no era el hombre apropiado para mí.
– ¿Por qué no estás preparada todavía? -preguntó el abuelo, apoyándose fuertemente en el bastón, en el pasillo en sombras.
Estaba cansado, pero aquello era extraordinariamente importante para él.
– No lo sé -contestó Audrey, exhalando un suspiro-. Pero sé que hay otras cosas que tengo que hacer primero.
¿Cómo se lo hubiera podido explicar? Quería viajar, tomar fotografías, hacer unos álbumes maravillosos como los de su padre…
– ¿Cómo qué? -preguntó el viejo, asustado por sus palabras.
Le sonaban a algo que le había costado un hijo-. ¿No se te habrá metido en la cabeza ninguna tontería, verdad?
– No, abuelito. – Audrey quería tranquilizarle. Era lo menos que podía hacer por él-. Ni siquiera sé lo que quiero. Lo único que sé es que no quiero a Harcourt Westerbrook. De eso estoy absolutamente segura.
Edward Driscoll asintió con la cabeza y la miró fijamente a los ojos.
– En tal caso, me parece bien.
«¿Y si no hubiera sido así? ¿Y si hubiera querido a Harcourt?», se preguntó Audrey mientras le daba a su abuelo un beso de buenas noches antes de dirigirse a su habitación. Permaneció de pie frente a la puerta, pensando en sus palabras. No sabía por qué las había dicho, pero estaba segura de que eran verdad. Quería hacer algo, visitar lugares, conocer otras gentes, ver montañas y ríos, aspirar otros perfumes y saborear comidas exóticas. Mientras cerraba la puerta a sus espaldas, comprendió que jamás hubiera podido ser feliz con Harcourt, y tal vez con nadie. Necesitaba alimentar su alma con cosas más sublimes y puede que algún día siguiera las huellas de su padre: tomaría fotografías, haría los mismos viajes misteriosos y viajaría en los mismos trenes como en un regreso a aquel pasado que reflejaban los álbumes… acompañada por él.
