
CAPÍTULO II
La mañana del veintiuno de julio, Audrey se encontraba de pie en el vestíbulo principal de la casa, consultando el reloj y esperando casi instintivamente que el carillón del comedor diera la hora. El automóvil los aguardaba fuera y suponía que los invitados ya debían estar esperándoles en la iglesia. A su lado, el abuelo golpeaba el suelo con el bastón mientras los ojos de los criados les acechaban por todas partes, acechando el momento en que Annabelle descendería por la escalinata. La espera mereció la pena porque, cuando la muchacha bajó, fue como una visión, envuelta en una nube blanca. Parecía una princesa o una reina de cuento de hadas; llevaba los delicados pies enfundados en unos zapatos de raso color crema y el rubio cabello adornado por una diadema de encaje antiguo y diminutas perlas. Su cintura parecía tallada en marfil y sus ojos bailaban de contento. Era la chica más bonita que jamás se hubiera visto, pensó Audrey, mirándola con ternura y orgullo.
– Estás preciosa, Annie.
Las palabras no alcanzaban a expresar sus sentimientos, pero a Audrey no se le ocurrían otras capaces de hacerlo. Las interminables pruebas habían merecido la pena. El traje le sentaba de maravilla. Audrey lucía un vestido de seda color melocotón con adornos de encaje beige antiguo mientras que las restantes damas vestían del mismo color, pero en un tono más claro. El cálido color se conjugaba muy bien con su cabello cobrizo y hacía resaltar el tono cremoso de su piel y el intenso azul de sus ojos.
– Tú también estás muy guapa, Aud -dijo Annabelle. En realidad, nunca lo pensaba, pero era cierto. Casi nunca pensaba en Audrey porque siempre la tenía a mano.
Audrey la miró satisfecha de los muchos meses de trabajo y de los años de amor que le había dedicado. Annabelle creció como lo que tenía que ser y ahora se iba a convertir en la esposa de Harcourt y viviría feliz en Burlingame. Era lo más adecuado para ella, lo que de veras quería. Sería una esposa perfecta y sentaría la cabeza. Sentaría la cabeza… Esas palabras le martillearon la mente y le provocaron un estremecimiento de angustia. Siempre había odiado aquellas palabras, sentar la cabeza. Le sonaban a algo así como morir.
