
– Ha sido bonito, ¿verdad, abuelo?
Audrey ahogó un bostezo y tomó un sorbo del jerez que el abuelo le había servido. Los invitados consumieron litros y más litros del champaña de su bodega privada, discretamente llevado al hotel, pero ella bebió muy poco y ahora, mientras recordaba la boda de su hermana, el jere2 la tranquilizó. La chiquilla a la que había cuidado durante tantos años se había ido súbitamente. Ella y Harcourt pasarían la noche en una suite del hotel Mark Hopkins y, por la mañana, tomarían un tren con destino a Nueva York, donde les aguardaba el I/e de France en el que se trasladarían a Europa. Audrey prometió acudir a despedirles a la estación y, al pensarlo, experimentó una punzada de envidia, no por lo que ambos compartían, sino por el viaje que se disponían a emprender. El itinerario no era enteramente de su gusto, pero, aun así, les envidiaba. Le remordió en el acto la conciencia y miró al abuelo como temerosa de que le hubiera leído el pensamiento. Sus ansias de marcharse eran injustas, pero algunas veces el deseo de ver tierras nuevas era casi irresistible. A veces, las noches que se pasaba hojeando los álbumes de su padre no le bastaban. Quería algo más, quería ser una de las personas que la miraban desde las fotografías de las descoloridas páginas.
– Tendríamos que hacer un viaje juntos cualquier día de éstos.
Las palabras le brotaron de la boca sin que pudiera evitarlo.
– ¿Un viaje? -preguntó el abuelo, mirándola asombrado-. ¿Adonde?
En agosto, pensaban ir al lago Tahoe. Tal como lo hacían siempre. Sin embargo, el anciano intuyó inmediatamente que ella se refería a otra cosa y su forma de hablar le recordó la de Roland.
– A Europa quizá, como hicimos en mil novecientos veinticinco…, o a las Hawai…
Y, desde allí, a Oriente, hubiera querido añadir, pero no se atrevió a hacerlo.
– Y eso, ¿por qué? -Edward Driscoll la miró hastiado, pero no era hastío lo que sentía, sino temor. No le importaba perder a Annabelle, pero no hubiera soportado quedarse sin Audrey. La vida hubiera sido distinta sin ella, sin sus aptitudes, sin su inteligencia, sin su manera de percibir las cosas y sin las maravillosas batallas en que se enzarzaban desde hacía casi dos décadas-. Soy demasiado viejo para irme a viajar por medio mundo.
