
Las lágrimas resbalaron lentamente por las mejillas de Audrey y sus ojos se volvieron a nublar cuando, más tarde, el abuelo sacó a la novia a bailar un vals durante la recepción. Nadie hubiera dicho que el anciano necesitaba un bastón para caminar y él también pareció olvidarlo mientras evolucionaba elegantemente con la novia hasta entregarla por fin a su marido. Por un instante, el anciano se desconcertó. Después se alejó despacio y con paso cansino.
– ¿Me concede este baile, señor Driscoll? -le preguntó súbitamente Audrey, rozándole un brazo.
Ambos se miraron con cariño. Era como si la partida de Annabelle les hubiera unido todavía más, tal como a veces ocurre en los matrimonios cuando se casan los hijos.
Tras evolucionar un poco con él por la pista, Audrey le acompañó a un sillón empleando el tacto suficiente como para que no se sintiera un anciano achacoso. Le dijo que ella tenía que atender a ciertos detalles de la fiesta. Todo el mundo comentó lo espléndida que había sido la recepción y, cuando Annabelle se marchó por fin bajo una lluvia de pétalos de rosas y arroz, luciendo un vestido blanco de lana, Audrey se sintió inmensamente feliz. Después se despidió de los últimos invitados y se fue con su abuelo en el Rolls.
Parecía que hubieran transcurrido siglos desde que habían salido de casa aquella mañana. Audrey se sentó exhausta delante de la chimenea de la biblioteca, mientras la niebla envolvía inexorablemente la ciudad y se escuchaban, a lo lejos, las sirenas de los barcos.
