
La llamaban la hermana solterona. Annabelle era la belleza de la casa y nadie se esforzaba en disimularlo. Edward Driscoll lo decía siempre. Annabelle poseía la etérea belleza rubia de un ángel, aquel aire de absoluta fragilidad tan en boga en los años treinta, en los veinte y muchos siglos atrás. Annabelle era la princesita, la niña. Audrey recordaba cómo la estrechó en sus brazos y trató de consolarla cuando sus padres murieron en la travesía de regreso de Bora-Bora. Su padre era un amante de las aventuras y su madre le seguía a todas partes por temor a que la abandonara si no lo hacía. Al fin, le siguió hasta el fondo del océano. Los restos del naufragio no se encontraron jamás. El barco se hundió durante una tormenta a los dos días de haber zarpado de Papeete, y las niñas se quedaron solas en el mundo, exceptuando al abuelo. La pobre Annabelle se quedó muerta de miedo al verle y Audrey le apretó la mano con tanta fuerza que le dejó los dedos blancos mientras él las miraba con el ceño fruncido. Audrey sonrió para sus adentros al evocar la escena. El anciano les metió el miedo en el cuerpo, o, por lo menos, lo intentó…, sobre todo, a la pequeña Annie.
Le sirvieron el café en una cafetera de plata con mango de marfil, que había venido con ella desde Honolulú, junto con otros tesoros pertenecientes a sus padres. A su padre todo aquello le importaba un bledo y cuanto su madre se llevó consigo desde el continente se quedó en las cajas de embalaje. A él le gustaba recorrer el mundo y reunir amorosamente las fotografías en álbumes a la vuelta de sus viajes. Audrey los guardaba ahora en unos estantes de su habitación. Su abuelo no quería verlos porque sólo le servían para recordarle la pérdida de su único hijo, el Loco, tal como él le llamaba siempre. Una vida desperdiciada, dos vidas desperdiciadas… y dos niñas pequeñas que le habían endilgado.
