Fingía constantemente sentirse molesto con aquel estorbo e insistía en que las chiquillas hicieran algo de provecho. Exigió que Annabelle aprendiera a coser y a bordar, cosa que hizo la niña, pero con Audrey no consiguió sus propósitos porque a ésta no le gustaba ni coser ni dibujar y aborrecía la jardinería y la cocina. Era un caso perdido con las acuarelas, no sabía componer poemas, odiaba los museos y no digamos la música. En cambio, le encantaban la fotografía, los libros de aventuras y los relatos de tierras lejanas. Asistía a las conferencias de absurdos y extraños eruditos, y a veces se iba a la playa y con los ojos cerrados aspiraba el perfume del mar, pensando en las lejanas regiones besadas por el Pacífico. Por lo demás, llevaba muy bien la casa, tenía muy buena mano con la servidumbre, revisaba los libros de su abuelo cada semana, mantenía la casa bien abastecida y cuidaba de que nadie sisara ni un centavo. Hubiera podido dirigir un negocio, pero no había nada para dirigir. Sólo la casa de Edward Driscoll.

– ¿Está ya listo el té, Mary?

Sin consultar el reloj, sabía que eran las ocho y cuarto y que su abuelo bajaría de un momento a otro, vestido como cada mañana, como si todavía tuviera que acudir a su despacho. Soltaría un gruñido, miraría a Audrey con cara de pocos amigos, tal como siempre hacía, se negaría a hablar con ella, la miraría con rabia un par de veces, se tomaría el té, leería el periódico, se comería un par de huevos pasados por agua y una tostada, se tomaría otra taza de té y después le daría los buenos días. Audrey no se inmutaba ante su comportamiento, no le hacía ni caso. Empezó a leer el periódico a los doce años y discutía las noticias con él siempre que tenía ocasión de hacerlo. Al principio, el abuelo la miró con cierta condescendencia, pero después se percató de las muchas cosas que había asimilado su nieta y de lo sensatas que eran sus opiniones. Tuvieron su primera discusión política importante el día en que ella cumplió los trece años.



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