El vestido veraniego suelto que le llegaba hasta la mitad del muslo no era lo más adecuado para navegar. La brisa marina amenazaba con levantárselo y la obligaba a mantener el brazo pegado al costado. McCaleb no le veía los pies, pero adivinaba, por los músculos tensos en las piernas bronceadas de la mujer, que no llevaba unos náuticos, sino tacones altos. Su primera interpretación fue que estaba allí para impresionar a alguien.

El atuendo de McCaleb, en cambio, no era como para impresionar a nadie: unos vaqueros viejos desgarrados por el uso, no por ir a la moda, y una camiseta del torneo Catalina Gold Cup de hacía unos cuantos veranos. La ropa estaba salpicada de manchas diversas: poliuretano, aceite de motor, sangre de pescado y algo de la suya. Le había servido como indumentaria de pesca y de trabajo. Tenía intención de pasar el fin de semana reparando el barco e iba vestido en consecuencia.

Tomó conciencia de su aspecto al acercarse al yate y ver mejor a la mujer. Se sacó los auriculares y apagó el discman cuando Howlin’ Wolf cantaba I ain’t superstitious.

– ¿Puedo ayudarle? -preguntó antes de poner un pie en su propia embarcación.

La voz de McCaleb pareció sobresaltar a la mujer, que se volvió desde la puerta corredera que daba acceso al salón. McCaleb supuso que había golpeado el cristal creyendo que él estaba dentro, y aguardaba respuesta.

– Busco a Terrell McCaleb.

Se trataba de una mujer atractiva de treinta y pocos años, al menos una década más joven que McCaleb. Había algo familiar en ella que no lograba situar, una sensación de déjà vu. Al mismo tiempo sintió la agitación del reconocimiento, pero esta idea pronto se desvaneció y supo que estaba equivocado, que no conocía a la mujer que tenía delante. Él recordaba las caras, y aquélla era lo bastante bonita como para no olvidarla.



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