
Había pronunciado mal el apellido y había usado el nombre formal que nadie utilizaba, salvo los periodistas. Entonces empezó a entender qué la había empujado hasta allí: otra alma perdida que llegaba al lugar equivocado.
– McCaleb -le corrigió-, Terry McCaleb.
– Perdón. Yo, bueno, pensé que tal vez estaría dentro. No sabía si hacía bien en subir al barco y llamar a la puerta.
– Pero lo ha hecho de todos modos.
Ella continuó, sin hacer caso de la reprimenda, como si previamente hubiera ensayado lo que tenía que hacer y decir.
– Necesito hablar con usted.
– Verá, estoy bastante ocupado ahora mismo. -Señaló la escotilla abierta de la sentina, en la que ella había tenido la fortuna de no caer, y las herramientas que había dejado desparramadas sobre un trapo, junto al espejo de popa.
– Llevo casi una hora dando vueltas buscando este barco -dijo ella-. No le robaré mucho tiempo. Me llamo Graciela Rivers y quería…
– Mire, señorita Rivers -la interrumpió levantando las manos-. La verdad es que yo… Ha leído lo que han escrito sobre mí en el periódico, ¿no?
Ella asintió.
– Bueno, antes de que empiece a hablar, debo aclararle que no es usted la primera en venir a buscarme aquí o en llamarme por teléfono. Me limitaré a decirle lo mismo que a los demás. No busco empleo. De manera que si pretende contratarme o que le ayude de algún modo, lo siento pero no voy a hacerlo. No me interesa esa clase de trabajo.
Graciela Rivers guardó silencio y McCaleb sintió un arranque de simpatía hacia ella, similar al que había sentido por las otras personas que habían acudido a él con anterioridad.
