– Bueno -dijo él por fin-, creo que esto es todo. La llamaré si tengo otras preguntas o si surge algo más.

– Gracias otra vez.

– Algo me dice que soy yo quien debería darle las gracias. Me alegro de poder ayudarla. Sólo espero que sirva.

– Seguro. Usted lleva su corazón. Ella le guiará.

– Sí -respondió McCaleb vacilante, sin acabar de entender qué quería decir ni por qué él se mostraba de acuerdo-. La llamaré cuando pueda.

Colgó y se quedó mirando el teléfono durante unos instantes, pensando en la última frase que había pronunciado Graciela Rivers. Luego desdobló una vez más el recorte del Times con su foto y examinó sus ojos durante un buen rato.

Por fin, dobló el artículo y lo escondió bajó unos papeles del escritorio. Levantó la mirada hacia la niña de los aparatos y al cabo de unos segundos hizo un gesto de asentimiento. Apagó la luz.

4

En su época en el FBI, sus compañeros llamaban el «tango» a la parte del trabajo que implicaba actuar con diplomacia con la policía local. Se trataba de una cuestión de ego y de territorialidad. Un perro no se mea en el patio de otro perro. No sin permiso.

No había ni un solo detective de homicidios en activo que anduviese escaso de ego. Constituía un requisito laboral. Para cumplir con el trabajo era preciso estar convencido de que se estaba preparado y de que uno era mejor, más listo, más fuerte, más genial y más capacitado que el adversario. Uno debía estar seguro de que iba a ganar. Y si tenía alguna duda al respecto, más le valía dar marcha atrás y trabajar en robos o ir a patrullar o dedicarse a cualquier otra cosa.

El problema residía en que el amor propio de los detectives de homicidios no conocía limites, hasta el extremo de que extendían la opinión que les merecían sus adversarios a aquellos que querían ayudarles, en especial a los agentes del FBI.



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