
Levantó el auricular y marcó el número garabateado en el papel. Era tarde, pero no deseaba esperar y tampoco creía que ella lo quisiera. La mujer contestó en un susurro al primer timbrazo.
– ¿Señorita Rivers?
– Sí.
– Soy Terry McCaleb. Vino a verme en…
– Sí.
– ¿La llamo en mal momento?
– No.
– Bueno, mire, quería decirle que yo, eh, he estado pensando y le prometí que la llamaría cualquiera que fuera mi decisión.
– Sí.
La nota de esperanza contenida en esa única palabra le llegó al corazón.
– Bueno, esto es lo que pienso. Mis, eh, mis habilidades, como creo que las llamó, no son las más adecuadas para esta clase de crimen. Por lo que me contó de su hermana, estamos hablando de una coincidencia con un móvil económico. Un atraco. Así que es distinto de, sabe, de la clase de casos en los que trabajé en el FBI, los asesinatos en serie.
– Entiendo. -La esperanza se desvanecía.
– No, no estoy diciéndole que no voy a, ya sabe, que no estoy interesado. Le llamo porque voy a ir a ver a la policía mañana y preguntar acerca de esto. Pero…
– Gracias.
– … no sé cuánto éxito voy a tener. Eso es lo que intento decirle. No quiero que se haga muchas ilusiones. Estas cosas… No sé.
– Comprendo. Gracias por estar dispuesto a hacerlo. Nadie…
– Bueno, haré lo que pueda -dijo, cortándola. No quería que le agradeciera demasiado-. No sé qué clase de ayuda o cooperación obtendré de la policía de Los Ángeles, pero haré lo que esté en mi mano. Al menos le debo eso a su hermana. Intentarlo.
Graciela Rivers se mantuvo en silencio y él le dijo que precisaba información adicional acerca de su hermana, así como los nombres de los detectives del Departamento de Policía de Los Ángeles a cargo del caso. Hablaron durante diez minutos y cuando escribió todos los datos que requería en una libreta, un silencio incómodo se instaló en la línea telefónica.
