
Un día se descubrió a sí mismo pendiente de las tetas de doña Manuela, la mujer de don Adolfo, el ingeniero jefe. Y doña Manuela debía de andar por los sesenta, pero hasta ella lo excitaba, ¡joder, no estaba mal!: entrada en carnes, pero prieta, con el cabello sedoso y un par de tetas monumentales que se resistían al influjo de la gravedad. El día en que se dio cuenta de que estaba teniendo una erección mientras doña Manuela le pedía que le mandara unos operarios para que arreglaran la valla de su jardín se alarmó. Aquello podía acabar mal, su salud mental peligraba. Consultó con uno de los técnicos venidos de España, un electricista que tenía su edad, y él fue quien le dio noticia de El Cielito. Naturalmente, no podía ser de otra manera, se había comportado como un pardillo no imaginándoselo. Todos los trabajadores de la obra que no habían traído a sus familias a México acudían allí. También iban los ingenieros, pero se limitaban a tomar una cerveza en grupo y no subían a las habitaciones con ninguna mujer, o al menos eso aparentaban delante de los demás. Un pardillo. Claro que, ¿quién podría haberse hecho una idea de que existía un burdel en medio de ninguna parte: alegre, bullanguero, lleno de gente y animación? Un burdel enorme, feo, desangelado, con las paredes pintadas de verde gallinero pero cargado de música y alcohol. México era así, y los mexicanos estaban medio locos. Cuando pensabas que ya los conocías, salían con novedades imprevistas que nunca hubieras llegado a concebir. Tan callados, pero tan habladores de pronto, con aquella pronunciación española tan graciosa, tan especial. Se había convertido en un habitual de El Cielito. No pasaba nada, el secreto estaba en no beber demasiado. Ni pulque, ni tequila, ni mezcal. Un par de cervecitas bien frías, eso era todo. Y al día siguiente, a trabajar: las cuentas, la intendencia y los entretenimientos de las señoras, que era lo peor.