
Vio cómo doña Manuela le pasaba el frasquito misterioso a Victoria y cómo después de hablar y hablar, requisito imprescindible con la mujer del jefe, empezaban a echar gotas de líquido sobre las plantas del jardín. Debía de ser un insecticida, un abono, cualquier gilipollez que se le hubiera ocurrido a aquella señora que no se estaba nunca quieta, que siempre aspiraba a organizarlo todo, que lo llevaba a mal traer: «Darío, sería cuestión de poner una barrera alrededor de la piscina. Por los que tienen niños pequeños, ya sabes… Darío, deberías buscar un pintor para que repasara las paredes exteriores del club, he visto unos desconchados de muy mal efecto, y eso que sólo hace un año que las construyeron, pero ya conoces a la gente de aquí, siempre hacen las cosas sin ganas, y usan materiales de mala calidad…» Mandaba más que un general, mucho más que su marido, el auténtico jefe a fin de cuentas, un hombre tranquilo y de pocas palabras. Pero no era mala mujer. A menudo le preguntaba por Yolanda, y la había invitado a permanecer en la colonia con todo pagado cuando fuera por Navidad. Yolanda. Le daba coraje por ella, las visitas a El Cielito y todo aquello, pero ¿qué otra cosa podía hacer? Nada, absolutamente nada, no podía luchar contra su propia naturaleza; además, ¿se podía considerar aquello como una infidelidad? Le hubiera extrañado muchísimo que así fuera. Nadie puede soportar meses y meses sin hacer el amor, sobre todo cuando se está acostumbrado a hacerlo regularmente. Le cayó una gota de sudor por la frente. ¿Le pasaría lo mismo a Yolanda? Otra gota de sudor. No estaba seguro de que para las mujeres fuera igual, probablemente, no; ellas sólo se van a la cama con un tipo si están enamoradas. ¿Sería así para Yolanda? No hay alegres burdeles para mujeres, si una chica quiere darle una alegría a su cuerpo tiene que ligar, y si se liga… todo adquiere un tono diferente. Prefería no pensar. Había llegado hasta allí para ganar dinero, mucho más del que hubiera ganado en España, y no para pensar.
