Encendió un cigarrillo y, recordando que aún no había desayunado, lo apagó en el cenicero. Llevaba un mes en México. No se arrepentía de haber seguido a Santiago hasta allí, pero tampoco se alegraba. El efecto vivificante que el país prometía aún no se había manifestado. Sin embargo, la desubicación en la que ahora vivía le permitía olvidarse un poco de sí misma, escaparse de los muros angustiosos de su personalidad. O eso esperaba, y lo esperaba con poca fe, porque en el fondo estaba convencida de que volvería a estar atrapada en la pequeña y asfixiante habitación de su cerebro. Sabía bien que la pretensión de que el medio logre cambiar algo en nosotros es optimista e ilusoria. No era la primera obra en el extranjero a la que acompañaba a su marido. Años atrás había estado con él mientras se construía un ferrocarril en Marruecos, y había pasado tres años a su lado de los cinco en que trabajó como ingeniero jefe de las obras del metro en Hong Kong. Pero aquí era distinto, mucho más típico y colonial. Aquí se encontraban en medio del campo, viviendo en una colonia fabricada ex profeso para las esposas de los empleados, unas veinte personas, a las afueras de un pueblo pequeño llamado San Miguel. Los maridos se alojaban en un campamento de barracones de madera a varios kilómetros, concentrados en la presa que estaban construyendo. Ambas comunidades sólo se reunían los fines de semana. La colonia tenía un aspecto desfasado, como una misión del siglo xix: casas encaladas, una para cada familia, rodeadas de un jardín particular delimitado por vallas de madera. También los espacios comunes imitaban inspiraciones arquitectónicas de otro tiempo: pistas de tenis, parques cuidados y, por supuesto, el club social.



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