El club era un edificio de planta muy amplia que contenía un saloncito de lectura, un gran restaurante, una sala para celebraciones y un bar. Cuando lo vio por primera vez dio gracias a Dios en silencio. Gracias, Dios mío, un bar. Un lugar neutro donde estar sola. Hubiera sido incómodo tener que llegarse hasta San Miguel cada vez que quisiera beber una copa, y terrorífico tener que beber siempre en su propio hogar. Un bar. No se encuentra la calma impersonal de los bares en el propio hogar. En el hogar siempre te sigue tu espectro, que es como un perro ciego y sordo, fiel pero insensible a las órdenes.

En el mes que llevaba allí ya había visitado muchas veces el bar, procurando siempre no coincidir con el resto de las esposas. Apenas había convivido con ellas, se había limitado a saludarlas de modo amable y convencional. No reunían ningún punto de interés. Las mujeres, agrupadas, le causaban un instantáneo malestar. Era como si todas retrocedieran hacia un estadio infantil en el que abundaban los comentarios cómplices y las risitas. Cuando ella llegó, aquel grupo de esposas ya llevaba más de un año allí, de modo que ella pudo advertir cómo su incorporación tardía generaba bastante curiosidad. Un elemento nuevo siempre agita las aguas de la monotonía. No tuvo más remedio que mostrarse precavida para guardar las distancias en aquellos primeros momentos, era un precedente que la ayudaría a crearse un espacio en el que nadie pudiera irrumpir. Con el fin de mantenerlas a raya, agitó con fuerza la bandera del trabajo. Les soltó la consabida cháchara: uno de los motivos de haber seguido a su esposo hasta allí era poder trabajar en sus traducciones con tranquilidad. En España cada vez resultaba más difícil encontrar un poco de sosiego. El mundo de las letras se había vuelto frívolo… demasiados compromisos, un montón de actividades en las que era casi imposible negarse a participar.



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