
– ¿En la obra o en la colonia?
– En los dos sitios, supongo, aunque ya te lo habrá contado tu marido.
– No hablamos demasiado. Sobre cosas de trabajo, me refiero.
Se arrepintió inmediatamente de haber dicho una cosa así. «No hablamos demasiado», ¿era eso algo propio de ser pronunciado en presencia de un hombre que acababa de conocer? ¡Debía de estar volviéndose estúpida, o loca!
– Ya veremos… De momento son todo especulaciones.
– ¿Tú crees que sucederá? ¿Habrá más revueltas?
– No creo. Nunca pasa nada demasiado grave.
Esa era justamente la impresión que Santiago le causaba: «Nunca pasa nada demasiado grave», y sin embargo, parecía vivir junto a un precipicio amenazante. Su esposa era como un volcán a punto de erupcionar, picante como una especia, ubicua, desordenada en las ideas, provocadora.
Continuaron caminando sin hablar hasta que llegaron a la plaza central de San Miguel. Los grandes árboles y las terracitas de los bares, feas y agradables, el ayuntamiento siempre cerrado, sin signos de vida interior.
– ¿Tomamos un café? -propuso él.
Estaban cara a cara, no el uno junto al otro de perfil como habían estado durante el paseo. Era la primera vez que se miraban directamente desde que habían salido de la colonia. Victoria se preguntó si él la veía realmente o si su mirada la atravesaba y se perdía en otra parte, en sus pensamientos. Lo miró directamente a los ojos. Sí, la veía. Se sonrieron. La tomó ligeramente de un brazo y la impulsó hacia la mesa de un bar. Victoria comprendió que habían compartido el silencio y que él era consciente de que eso había sucedido. Se sentaron. Ahora el silencio era distinto, turbador, denso, insostenible. Era el momento de la elección: o hablaba de cosas neutras, sin importancia, o le preguntaba exactamente lo que quería saber.
