
Transitaron despacio por la carretera que llevaba hasta San Miguel, disfrutando del aire fresco, de la luz clara. Iban en silencio, como si lo hubieran acordado previamente. Victoria, que tanto se había inquietado pensando en la posible conversación forzada, con silencios violentos y comentarios absurdos, se serenó por completo. Estaban en calma sin hablar. Su compañero de paseo olía bien, a hombre recién afeitado, a colonia suave. Emanaba de él cierta serenidad, quizá indiferencia. Llegaron al pueblo, pasaron por delante de un hotel. Todos los hoteles de la zona estaban situados en antiguas misiones españolas. Les llegó el sonido de la música desde el interior, guitarras. En México sobraban los mariachis, permanecían desde la mañana a la noche en algún rincón de los hoteles, tocando. Rasgueaban con suavidad para dotar a los conversadores de un fondo agradable, uno sólo los escuchaba si le apetecía. Victoria se sintió bien en contacto con tantas cosas placenteras: la música, el frescor de la mañana, el olor de aquel hombre, sus propios pasos ligeros, que la impulsaban hacia adelante sin prisa pero sin titubeos. A veces lo miraba de reojo: la nariz recta, el pelo grueso y abundante. Pero no quería permitirse a sí misma la más mínima curiosidad sobre él; no limitarse a permanecer en el instante en que estaba, sin ver más allá, hubiera estropeado la percepción tan fuerte de su presencia.
A medida que iban acercándose al centro se cruzaban con más gente en las calles; todos mexicanos, casi ningún extranjero en aquella época del año. Camionetas con la trasera descapotada transportaban braceros al campo. Se sentaban uno junto a otro como reses, serios y callados. Santiago dijo por fin:
– Adolfo dijo ayer que el peligro de secuestros ha disminuido. Sin embargo, si el riesgo de revueltas entre los campesinos persiste tendremos que tomar precauciones incómodas.
