– Es gracioso.

– ¿Por qué?

– Haces algo muy diferente de lo nuestro. Un ingeniero se ocupa de lo físico.

– Es complementario.

Asintió varias veces y se quedó mirándola, como satisfecho de ella. Era amargura lo que se mezclaba en sus sonrisas, en su voz, en su mirada, ahora estaba segura. Amargura profunda llevada con elegancia. Tiró un poco de la cuerda:

– La comparación de la colonia con un harén no ha sido muy afortunada; en la colonia a cada esposa le corresponde un esposo.

– Como debe ser -respondió Santiago irónicamente.

La miraba sin apartar los ojos. Ella entonces no pudo soportar más la tensión y empezó una charla convencional llena de comentarios discretos y pertinentes sobre México, el clima, las bellezas del paisaje. Él respondía con brevedad. Llegó un punto en que no había más que decir. Victoria propuso marcharse. Se levantó, se excusó, dijo que tenía cosas que hacer en el pueblo. Él se quedó en la plaza, afortunadamente. Hubiera sido impensable reproducir un silencio tranquilo como el anterior. Ya no era posible. Ambos se habían significado de alguna manera y correspondía pasar a otra etapa, o cortar la situación.

Se despidieron bajo los árboles, con un afectuoso «hasta luego». Victoria comenzó a caminar con decisión, como si fuera hacia alguna parte. Se alegró de no haberle citado en ningún momento a su esposa. Estaba convencida de que no hubiera sido oportuno.


Cuando abrió la puerta no la sorprendió en absoluto encontrar a Manuela, que la saludó de un modo alegre y desinhibido; era raro que no la hubiera visitado antes. La invitó a pasar y se sentaron en el salón. La observó. No era fea en absoluto, a pesar de su avanzada madurez. Su rostro traslucía una manera de afrontar la vida de la que habían sido eliminados los imprevistos. Le pareció desde el principio una de esas mujeres que valoran lo que es importante para todo el mundo.



30 из 368