
A menudo hablaba de su nieta y sacaba del bolsillo la fotografía de un hermoso bebé, cuya sonrisa dejaba ver dos minúsculos dientes. Paula sabía que entre mujeres es una tradición hablar de niños: los hijos, los nietos, los bebés de cualquiera. Pero ella era un vientre desaprovechado que nunca tendría hijos y se sentía libre para no participar en ese tipo de ritos femeninos. Era un descanso. A la edad de Manuela, la edad ideal para el primer nieto, ella esperaba estar ya completamente alcoholizada. No le gustaban las reuniones que veía a veces en algún café, en los salones de algún hotel: un montón de mujeres mayores bien situadas en sociedad que charlaban por los codos. Los hijos, las hijas, los nietos… todas aparentemente felices, incluso las viudas, a quienes no les importa la soledad porque se sienten con el deber cumplido. Todas han fundado una célula privada en la que han permanecido durante años, preocupándose sólo por el bien de los suyos. Un nido preservado y cómodo, inaccesible para gente ajena. Hasta las mujeres de clase humilde que toman un café con leche en un bar que apesta a aceite frito hacen lo mismo. Se reúnen y hablan a grito pelado. Ríen a carcajadas y bromean con el camarero, que se muestra deslenguado y ocurrente como un presentador de music-hall. Los hijos, los hijos, los nietos… al final siempre aparece la foto de un nieto en el monedero de alguna de ellas, junto al gastado carnet de identidad. El deber cumplido. Paula se veía privada para siempre de ese círculo ufano. Por eso quizá creyó descubrir un punto de conmiseración en la mirada de Manuela mientras ésta le hablaba.
– Sabemos que estás muy ocupada con tus traducciones, Paula, pero quiero pedirte un favor en nombre de todas. Verás, la cosa es que la colonia necesita actividades culturales. No podemos pasarnos tres años vegetando, como es obvio; de modo que vamos programando algún tipo de viaje, excursión, visita… claro que todo se queda siempre en el ámbito del arte azteca o las iglesias españolas… ya te imaginas. El mundo de la literatura lo tenemos abandonado. Por eso he pensado en ti. No voy a pedirte que nos programes un curso de lectura ni nada por el estilo, pero muy bien podrías darnos una charla sobre Tolstoi.