
Únicamente en los dos últimos años había empezado a echar en falta las situaciones amorosas. No se trataba de desamor ni de falta de sexo, sino de algo mucho más inmaduro y adolescente. Si se encontraba en una estación de tren o en un aeropuerto y veía a una pareja que se besaba con pasión como despedida o reencuentro, le entraban ganas de llorar. Le hubiera gustado ser ella la viajera que partía o que llegaba y verse en los brazos de un hombre que la abrazara así. No había luchado contra ese tipo de fantasías, pero regodearse en ellas le parecía ridículo. Con casi cuarenta años no debía haber lugar para nostalgias adolescentes. Ramón era un marido amable, comprensivo y leal. Su vida de esposa podía calificarse como plena y tranquila. Miró con vergüenza cómo Manuela seguía vistiéndose y canturreando. Con seguridad, ella no echaría de menos absurdas situaciones idealizadas. Un mínimo sentido de la justicia le hacía ver que no tenía derecho a desear nada más de lo que ya tenía. ¿Por qué no estaba entonces tan completamente feliz como Manuela parecía estarlo? Y, sobre todo, ¿por qué desde el paseo matinal con Santiago se descubría a sí misma pensando en aquel hombre tan a menudo? Se sonrojó, porque era la primera vez que reconocía eso frente a sí misma, pero también porque Manuela la miraba, esperando respuesta para una pregunta que ni siquiera había oído.
– ¡Pero, Victoria!, ¿no me escuchas?
– ¡Por supuesto que te escucho!
– ¡Nadie lo diría! Te preguntaba si vendrás.
– ¿Si iré?
– ¡A las ruinas de Montalbán!
– Sí, claro, claro que iré.
– ¡Esto es increíble! Llevo una temporada en la que nadie me presta atención.
– Yo te presto atención.
– ¿Tú?, ¡pero si pareces un marido!
Rió vagamente de su propia ocurrencia. Los maridos no prestan atención, una verdad obvia y divertida para Manuela.
– ¿Los maridos no prestan atención?
– ¿Cuántos años llevas casada?