La inquietaba el cariz que estaba tomando la conversación. Podía jugar al tenis con Manuela, charlar con ella de temas triviales, pero no se identificaba con las ideas de aquella ama de casa conforme y feliz. Claro que eso Manuela no tenía medio de saberlo. Procuraba no entrar nunca en honduras de pensamiento con ella y a sus ojos debía pasar por ser también una esposa feliz. ¿Qué era sino eso, una esposa que sigue a su marido hasta su lugar de trabajo, con dos hijos jóvenes en España, una profesora en excedencia? Era como las demás a los ojos de todos. Si existían diferencias que la hacían distinta de los patrones habituales, sólo su mente accedía a ellas. Nunca se había destacado por ser especial en nada. Era muy discreta, no tenía tendencia a los excesos. No hablaba demasiado, ni frecuentaba a demasiada gente, ni se vestía de modo extravagante. No era demasiado rebelde, ni demasiado sumisa tampoco. La vida le había regalado un camino sin muchos altibajos. Su infancia fue normal, contó con unos padres afectuosos, cursó unos estudios con brillantez moderada, se relacionó con amigos de su misma formación y clase social. Se había casado con Ramón a los veintiún años, satisfecha y enamorada. Poco después nacieron sus hijos: un niño y una niña. Ninguna dificultad se había presentado en la educación de los chicos ni en su desarrollo posterior. Ambos estaban acabando sus estudios universitarios y pronto se independizarían. Aquella prolongada estancia solos en España contribuiría definitivamente a ello. Entonces, ¿por qué se sentía diferente?, y ¿en qué consistía aquella diferencia? Probablemente en nada, pensó, no se trataba más que del espacio privado que el ego de cada persona forma en torno a ella, y que siempre parece único y excepcional a quien lo vive. Era sana, mentalmente equilibrada, profesionalmente capaz, bien integrada en la sociedad. No tenía miedo a envejecer, ni a la muerte, ni a la soledad.



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