– Bueno, ahora da igual. Se marchó a Escocia y nadie ha vuelto a saber de ella. Para entonces, la temporada había terminado. Estoy segura de que lord Newbury ha seguido buscando esposa, pero es mucho más fácil durante la temporada, cuando todo el mundo está en Londres. Además -añadió, por si acaso-, si hubiera estado persiguiendo a otra joven, yo no me habría enterado. Vive en Hampshire.

Mientras que Louisa se había pasado el invierno en Escocia, tiritando de frío en su castillo.

– Y ahora ha vuelto -dijo Annabel.

– Sí, y ahora que ha perdido un año entero, querrá encontrar a alguien deprisa. -Louisa la miró con una expresión horrible, entre lástima y resignación-. Si está interesado en ti, no va a querer perder el tiempo con ningún cortejo.

Annabel sabía que era cierto y sabía que si lord Newbury le proponía matrimonio, le costaría mucho rechazarlo. Sus abuelos ya habían dejado claro que aprobaban la unión. Su madre le habría permitido oponerse, pero estaba a casi cien kilómetros de distancia. Además, ella sabía exactamente la expresión que vería en sus ojos mientras le decía que no tenía que casarse con el conde.

Habría amor, pero también preocupación. Últimamente, la cara de su madre siempre reflejaba preocupación. Durante el primer año después de la muerte de su padre, todo era dolor, pero ahora sólo había preocupación. Annabel creía que su madre estaba tan preocupada por cómo mantener a la familia que ya no tenía tiempo para el dolor.

Si lord Newbury realmente quería casarse con ella, aportaría suficiente seguridad económica a la familia para aliviar las cargas de su madre. Pagaría la enseñanza de sus hermanos, y aportaría cuantiosas dotes para sus hermanas.

Annabel no aceptaría casarse con él a menos que le garantizara esas dos cosas. Por escrito.

Pero se estaba adelantando a los acontecimientos. No le había pedido matrimonio. Y ella todavía no había decidido aceptar la propuesta. ¿O sí?



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