
– ¿Cuánto tiempo esperó antes de empezar a buscar a otra candidata? -preguntó Annabel, temiendo la respuesta.
– Menos de dos semanas. Sinceramente, no creo que hubiera esperado tanto si ya tuviera a otra chica en la recámara. -Louisa miró a su alrededor y sus ojos se posaron en el jerez de Annabel-. Necesito una taza de té -dijo.
Annabel se levantó y tocó la campana, porque no quería que Louisa perdiera el hilo de la historia.
– Cuando regresó a Londres -dijo Louisa-, empezó a cortejar a lady Frances Sefton.
– Sefton -murmuró Annabel. El nombre le sonaba, aunque no sabía de qué.
– Sí -dijo Louisa, muy animada-. Exacto. Su padre es el conde de Brompton. -Se inclinó hacia delante-. Lady Frances es la tercera de nueve hermanos.
– Dios mío.
– La señorita Willingham era la mayor de cuatro, pero… -Louisa se interrumpió, porque no sabía cómo decirlo de forma educada.
– ¿Tenía la misma figura que yo? -sugirió Annabel.
Louisa asintió, muy seria.
Annabel respondió con un gesto de ironía.
– Imagino que lord Newbury nunca se fijó en ti.
Louisa bajó la mirada hacia su cuerpo, ese cuerpo de cuarenta y siete kilos.
– Nunca. -Y entonces, en una muestra extraordinaria de blasfemia, añadió-: Gracias a Dios.
– ¿Qué le pasó a lady Frances? -preguntó Annabel.
– Se fugó. Con un lacayo.
– Santo cielo. Pero debían de estar enamorados ya antes. Nadie se fuga con un lacayo para evitar una boda con un conde.
– ¿Crees que no?
– No -dijo Annabel-. No es práctico.
– No creo que pensara en términos prácticos. Creo que estaba pensando en la posibilidad de casarse con ese… ese…
– No termines la frase, te lo suplico.
Louisa le hizo caso.
– Si alguien quisiera evitar un matrimonio con lord Newbury -continuó Annabel-, creo que debe de haber otras formas mejores de hacerlo que casándose con un lacayo. A menos, por supuesto, que estuviera enamorada del lacayo. Eso lo cambia todo.
