Sí, hasta cierto punto. Hay una química del pensamiento y del sentimiento, que trabaja con materiales etéreos, y que al igual que toda otra química, necesita un laboratorio especial, si bien es cierto que algunas de sus más sencillas operaciones podrían igualmente efectuarse fuera del laboratorio.

En el santuario interior, el que medita se halla rodeado de influencias mágicas. Siendo un sitio cerrado y que se destina sólo a la meditación, está totalmente impregnado de los efluvios mentales volitivos que emitieron todos los que allí meditaron antes. Esta razón, aún cuando no hubiera otras, bastaría para justificar la existencia de los Santuarios secretos y el sigilo con que se evita en ellos la entrada de profanos. ¿Consentiría un químico que una persona extraña pretendiese manejar o curiosear las probetas y matraces en donde él está realizando algunas delicadas operaciones de su arte? – No opondría acaso inconvenientes a un colega que versado en sus trabajos viniera a colaborar en ellos o simplemente a estudiarlos con la inteligencia y el cuidado necesarios para no interrumpirlos o estorbarlos.


¿Cuáles son las condiciones requeridas para poder penetrar en el Santuario interior? El objeto de la sabiduría no es otro que el perfeccionamiento humano, y por consiguiente toda persona animada por móviles egoístas ejerce un influjo perjudicial sobre las auras del santuario. Es este un este un laboratorio mágico donde se gestan la iluminación y la felicidad de la especie humana: aquel que distraiga en beneficio personal la más mínima parte de los elementos de místico poder que allí se incuban, es un profanador del santuario y un vampiro de la humanidad.

Aquel que lleve consigo un aura excitada por odios o rencores, por ambiciones u otros desórdenes de la voluntad, ejercerá en las auras del santuario un influjo parecido al de una turbamulta de muchachos traviesos en el estudio de un sabio.



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