
– Muy bien señor.
Cuando el camarero se marchó, Amanda alzó las cejas interrogativamente.
– Nunca se sabe -dijo Daniel-. Podríamos pasar aquí un buen rato.
– Al ritmo al que estás hablando, no lo dudo.
– Bien -tomó un sorbo de whisky-. Iré al grano. Necesito una interpretación del manual laboral de empleados.
– ¿El manual de empleados? -ella se preguntó cómo podía ser eso un tema delicado. Por un momento había llegado a creer que la conversación iba a ponerse interesante.
Él asintió.
Amanda movió la cabeza con decepción y llevó la mano a su bolsa de deportes.
– Daniel, no me dedico al derecho corporativo.
Él atrapó su mano sobre la mesa y ella sintió una descarga eléctrica por todo el cuerpo.
– ¿Qué quieres decir?
– Quiero decir que no es mi especialidad -respondió ella, intentando ignorar la sensación.
– Bueno, aunque no seas abogada laboralista…
Ella se removió en la silla. No podía liberar su mano de un tirón, eso sería demasiado obvio.
– Soy criminalista.
Él la miró en silencio, y el pulso de su pulgar se sincronizó con el de ella.
– Crimen -ofreció ella amistosamente, moviendo la mano hacia atrás.
Él parpadeó, confuso.
– Seguro que habrás leído periódicos, habrás visto los dramas en televisión…
– Pero… Los abogados privados no procesan a criminales.
– ¿Quién ha dicho que los procese?
– ¿Los defiendes? -apretó su mano convulsivamente.
– Sí, así es -esa vez no disimuló su deseó de liberarse y dio un tirón.
Él la soltó y desvió la mirada un momento. Luego volvió a clavar los ojos en ella.
– ¿Qué clase de criminales?
– A los que pillan.
– No te burles.
– Lo digo en serio. Los que consiguen escapar no me necesitan.
– ¿Te refieres a ladrones, prostitutas y asesinos?
