
– Eres una esnob pero a la inversa, ¿lo sabías?
– Y tú eres un esnob con todas las de la ley.
Él clavó los ojos en los suyos y ella se estremeció. Por puro instinto de conservación, bajó la vista hacia la mesa. No permitiría que la opinión de Daniel sobre ella le afectara. Ni corte de pelo, ni ropa de diseño.
Su opinión no significaba nada. Nada de nada.
– ¿Por qué crees que…? -su voz sonó suave y ella alzó la cabeza. Él empezó de nuevo-. ¿Por qué crees que discutimos tanto? -la pregunta era innegablemente íntima.
– Porque seguimos aferrándonos a la idea de que alguna vez cambiaremos la mente del otro -contestó ella, negándose a ponerse sentimental.
Él consideró la respuesta un momento. Después sonrió.
– Bueno, yo estoy dispuesto a mejorar, si tú lo estás también.
Oh, oh. Amanda no sabía a dónde quería llegar con su encanto, pero no podía ser bueno.
– ¿Podemos ir al grano?
– ¿Hay algún grano?
– El asunto legal confidencial. Eso que me has traído a discutir aquí arriba.
– Ah, eso -los rasgos de él se tensaron y se removió en el asiento-. Es algo un poco, ejem, delicado.
– ¿En serio? -eso captó su atención.
– Sí.
Ella se inclinó hacia delante, preguntándose si había algún mensaje velado en esas palabras. Si Daniel se encontraría en algún apuro.
– ¿Estás diciéndome que has hecho algo?
– ¿Hecho algo? -él parpadeó.
– ¿Has incumplido la ley?
– No seas absurda -él frunció el ceño-. Cielos, Amanda.
– Bueno, entonces, ¿a qué viene esta reunión secreta a mitad del día? ¿Y por qué conmigo?
– No es una reunión secreta.
– No estamos en tu oficina.
– ¿Vendrías a mi oficina?
– No.
– Pues ahí tienes la respuesta.
– Daniel.
– ¿Qué?
– Ve al grano.
– ¿Algo de la carta, señor? -preguntó el camarero, reapareciendo de repente.
– La bandeja de canapés -respondió Daniel, sin apenas volver la cabeza.
