
«Por cierto, papá. Tal vez te interese saber que mamá se relaciona con ladrones y asesinos».
Amanda y él habían acordado no hablar mal el uno del otro delante de sus hijos. Y, en general, eso había supuesto no hablar uno del otro en absoluto durante los primeros años de divorcio. Pero Bryan y Cullen ya eran hombres. Hombres muy capaces de ver el peligro cuando lo tenían ante las narices.
Daniel salió de la tienda y fue hacia el vestuario. Misty le había dicho que Cullen acababa el recorrido sobre las seis y media. Eso implicaba que en ese momento debía estar en el hoyo nueve, más o menos.
Daniel colgó su chaqueta, corbata y camisa en la taquilla. Después se puso la camiseta de golf recién comprada y estiró el cuello. Salió del edificio por la terraza.
Normalmente habría pasado por el comedor a intercambiar algún comentario con sus socios de negocios. Pero ese día se fue directamente hacia el terreno de juego.
Cullen tenía que darle explicaciones.
Cinco minutos después, vio a Cullen en el noveno hoyo, preparándose para el último golpe. Giró y fue hacia él, sin preocuparse de la etiqueta golfista.
– Eh, papá -una voz queda a su izquierda hizo que parara en seco. Se volvió hacia su hijo mayor.
– ¿Bryan?
De pie, al borde del green, estaba Bryan con el brazo en cabestrillo.
– ¿Qué diablos haces tú aquí? -siseó Daniel.
– Jugar al golf-respondió Bryan.
– Estás herido.
– ¿Podéis dejar de hacer ruido? -sugirió Cullen, alzando la cabeza.
Daniel cerró la boca hasta que la pelota de Cullen desapareció en el hoyo.
– Hola, papá -saludó Cullen, caminando hacia ellos. Le entregó el palo a su caddy.
– Acabas de salir del hospital -le dijo Daniel a Bryan.
– Fue una herida superficial -dijo Bryan, yendo hacia su bolsa de palos.
– Una herida de bala.
