
– En el hombro.
– Estuviste tres horas en el quirófano.
Bryan alzó el hombro bueno con indiferencia y aceptó un palo.
– Ya sabes cómo son esos médicos. Aprovechan cada minuto que pueden facturar.
– ¿Lo has traído a jugar al golf? -le espetó Daniel a Cullen.
– Yo me ocupo de los tiros largos -dijo Cullen con toda tranquilidad-. Él solo tira al hoyo.
– Y está haciendo trampas -acusó Bryan, preparando su tiro.
– Como si necesitara hacer trampas para ganar a un inválido -replicó Cullen.
– No puedo creer que Lucy te haya dejado salir de casa -dijo Daniel. Bryan siempre había sido el temerario de la familia, pero esa situación era ridícula.
– ¿Bromeas? -dijo Cullen-. Lucy me pagó para que lo sacara de la casa.
– Por lo visto no soy muy buen paciente -dijo Bryan, golpeando la pelota y fallando el tiro.
– Con ése van cinco -dijo Cullen.
– Ya, ya -rezongó Bryan-. Me vengaré la semana que viene.
– La semana que viene vamos a hacer salto en paracaídas.
– No quiero oír esto -dijo Daniel, esperando, sin esperanza, que fuera una broma.
– Tranquilo, papá -Bryan por fin metió la pelota en el hoyo-. Es un salto fácil.
– Ya sabía yo que deberíamos haber recurrido al castigo físico cuando eras niño.
– ¿Y tus palos, papá? -preguntó Cullen, tras soltar una carcajada al oír el comentario.
Daniel cuadró los hombros. Sus hijos podían ser hombres adultos y él no tener control sobre sus actividades de ocio, pero seguía siendo su padre.
– No estoy aquí para jugar al golf.
– ¿No? -Bryan devolvió el palo a su caddy.
– Y no fui a Boca Royce para nadar esta tarde.
Tras un breve silencio, Cullen alzó una ceja,
– Eh, gracias por compartir esa información con nosotros, papá.
– Fui a hablar con vuestra madre -clavó una dura mirada en cada uno de sus hijos. Después bajó el tono de su voz una octava, adoptando el timbre acerado que había utilizado cuando eran adolescentes y los pillaba bebiendo cerveza o saltándose la hora de llegada a casa-. Me habló de su trabajo como abogada.
