Dejó escapar una risita desesperada al pensar eso y estuvo a punto de tragar agua.

Por más que lo intentaba, no podía imaginarse a Bryan con un pasaporte falsificado, conduciendo coches exóticos a través de países extranjeros y pulsando diminutos controles remotos para volar cosas. A su Bryan le encantaban los perritos y pintar con los dedos, se moría por los pastelitos de coco rellenos de crema que sólo vendía la tienda de Wong, en la esquina.

Se alegraba de que fuera a dejar el juego de los espías. Se lo había prometido a su esposa. Amanda lo había oído en directo. Y también Daniel.

Le falló una brazada. Esa vez, la imagen de su ex esposo no se borraba de su mente.

Daniel la había reconfortado durante la larga noche que Bryan estuvo en el quirófano. Había sido su pilar, abrazándola cuando ella creía que el terror la haría derrumbarse. A veces, la había apretado con tanta fuerza que más de una década y media de ira y desconfianza entre ellos se había disuelto y convertido en nada.

¿Reconciliación?

Giró de nuevo, pateando la pared de la piscina y volviendo a la superficie. Incrementó el ritmo y apretó la mandíbula, concentrándose en sus brazadas.

La reconciliación no era una posibilidad.

Nunca lo sería.

Porque Daniel era un Elliott de los pies a la cabeza. Y Amanda… no. El dilema Oriente-Occidente no tenía tanto peso como eso.

La tregua había acabado. Bryan estaba recuperándose. Daniel había vuelto a su zona de Manhattan. Y ella tenía que hacer las presentaciones de preliminares ante el juez Mercer a la mañana siguiente.

Sus nudillos golpearon la pared al acabar otro largo. «Cinco», contó mentalmente.

– Hola, Amanda -no supo de dónde llegaba la familiar voz de Daniel.

Hizo un esfuerzo para poner su cuerpo en vertical, se limpió el agua clorada de los ojos y parpadeó para vislumbrar la imagen de su marido. Se preguntó qué estaba haciendo allí.



2 из 125