
– ¿Le ocurre algo a Bryan?
– No -Daniel negó con la cabeza rápidamente-. No. Perdona. Bryan está bien -se puso en cuclillas para que sus ojos estuvieran a la misma altura.
– Gracias a Dios -Amanda dejó escapar un suspiro de alivio, agarrándose al borde de la piscina.
– Cullen me dijo que te encontraría aquí -dijo él.
– ¿Le ocurre algo a Misty? -ella sintió un nuevo ataque de ansiedad al oír el nombre de su otro hijo.
– Misty está bien -Daniel volvió a negar con la cabeza-. El bebé está dando mucha guerra.
Amanda estudió su expresión. Parecía tranquilo y sereno. Lo que fuera que lo había sacado de la oficina en mitad del día, no era cuestión de vida o muerte.
Él se estiró y ella miró su pecho musculoso y su bañador azul marino. Estaba descalzo y tenía un estómago que sería la envidia de cualquier hombre con la mitad de años que él.
Se le secó la boca y, de repente, se dio cuenta que hacía dieciséis años que no veía a Daniel con otra cosa que no fuera un traje de ejecutivo. El hombre que la había despedido con un abrazo, tenía un cuerpo para morirse por él.
– Entonces, ¿qué haces aquí? -preguntó.
– Buscarte.
Ella parpadeó de nuevo, intentando encontrar sentido a sus palabras. Si no se había perdido nada, se habían despedido en la boda de Bryan y se habían reincorporado a sus vidas respectivas.
Daniel debería estar sentado tras su escritorio de caoba en su despacho de la revista Snap en ese momento, luchando con uñas y dientes con sus hijos por los beneficios y cuota de mercado. Cuando estaba batallando por el puesto de director en Elliott Publication Holdings, habría sido una catástrofe de proporciones bíblicas sacarlo de la oficina en horas de trabajo.
– Quería hablar contigo -aclaró él, con serenidad.
– ¿Perdona? -sacudió la cabeza para sacarse el agua de los oídos.
– Charlar. Ya sabes, lo que hace la gente para intercambiar información e ideas.
