Sacarse el agua de los oídos no había ayudado. ¿Daniel la había buscado para charlar?

– ¿Por qué no tomamos algo? -él sonrió y se dobló por la cintura para ofrecerle la mano.

– Me parece que no -se apartó del borde de la piscina y volvió a nadar.

– Sal del agua, Amanda.

– No, no.

Puede que él pareciera salido de un anuncio de la revista Músculos del mes, pero la fuerza de gravedad iba a ganar la partida con el cuerpo de ella.

– Me quedan cuarenta y cinco largos.

Cincuenta largos eran demasiados, pero estaba dispuesta a incrementar su ritmo de ejercicio en ese momento. Que Daniel llegara o no a verla en bañador daba igual, una mujer tenía su orgullo.

– ¿Desde cuándo cumples los planes que haces? -Daniel cruzó los brazos sobre su ancho pecho.

– ¿Desde cuándo acabas tú de trabajar antes de las ocho de la noche? -preguntó ella. Si él quería hablar de sus debilidades, ella no iba a quedarse atrás.

– Me he tomado un descanso para tomar café.

– Ya -masculló ella con escepticismo.

– ¿Qué se supone que quiere decir eso? -él frunció el ceño, adquiriendo un aspecto imperioso, a pesar de estar en bañador.

– Significa que tú no tomas descansos para café.

– Apenas nos hemos visto en quince años. ¿Cómo sabes tú si me tomo o no descansos?

– ¿Cuándo fue la última vez que te tomaste uno?

– Hoy -los ojos de color cobalto de él se oscurecieron.

– ¿Y antes de éste?

Él se quedó en silencio un momento, pero la comisura de su boca se curvó hacia arriba.

– Lo sabía -lo salpicó con el agua.

– ¿Tengo que entrar a por ti? -dijo él, escabullándose del agua.

– Vete -ella tenía que acabar su programa de ejercicios y aclararse la cabeza. Estaba muy bien apoyarse en Daniel cuando su hijo estaba en peligro de muerte. Pero la tregua había acabado. Era hora de que cada uno volviera a su trinchera respectiva.



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