– ¿Vas a marcharte ya? -preguntó. No estaba dispuesta a hacer cuarenta y cuatro largos mientras él analizaba la parte trasera de sus muslos.

– Quiero hablar contigo de un tema legal -dijo él.

– Llama a mi oficina.

– Somos familia.

– No somos familia -ella se apartó del borde de golpe, creando un remolino de agua. Ya no lo eran.

– ¿Tenemos que hacer esto aquí? -preguntó él, mirando a su alrededor.

– Eh, tú puedes estar donde quieras. Yo estaba nadando, sin meterme con nadie.

– Sube a tomar algo conmigo -señaló con la cabeza la terraza que daba a la piscina.

– Vete.

– Necesito tu asesoramiento legal.

– Siempre tienes abogados en nómina.

– Pero esto es confidencial.

– Me quedan un montón de largos.

– No los necesitas -comentó él, enfocando los ojos en la silueta que se veía bajo el agua.

A ella le dio un vuelco el corazón. Pero después recordó lo fácil que le resultaba a él soltar cumplidos. Giró y empezó a nadar a braza.

Él caminó hasta el otro lado de la piscina y estaba allí esperándola cuando emergió a tomar aire.

– Puedes ser un auténtico impresentable, ¿lo sabías? -soltó un suspiro de frustración.

– Venga, sigue. Esperaré.

– Prefiero que no -ella apretó los dientes.

Él sonrió y le ofreció la mano.


A Daniel le preocupaba que no cayera en la trampa. Entonces tendría que encontrar otra forma de conversar con ella. Y sin duda tenía unas cuantas cosas que decirle.

Durante las últimas semanas había visto su frenético horario. Había oído las llamadas telefónicas ya entrada la noche. Y había visto cómo sus clientes se aprovechaban de ella.

Ella entrecerró los ojos, desconfiada, y él acercó la mano un poco más y movió los dedos, animándola. Sólo necesitaba captar su atención durante unos días, quizá un par de semanas. Después ella estaría de nuevo encaminada y saldría de su vida para siempre.



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