
Por fin, ella hizo una mueca y colocó su pequeña mano en la suya. Él intentó ocultar un suspiro de alivio y la sacó del agua con suavidad.
Ella se estiró y él vio sus extremidades firmes y cómo el bañador color albaricoque se ceñía a sus curvas. Dado que solía utilizar ropa informal, más bien suelta, había pensado que debía haber ganado peso con los años. Pero no era así.
Tenía una figura fantástica. La cintura bien definida, el estómago plano y firme, los senos llenos y redondos bajo la tela mojada.
Un casi olvidado pinchazo de deseo lo golpeó y apretó la mandíbula para controlarlo. Si la incomodaba en ese momento, huiría. Y entonces se pasaría el resto de su vida nadando después del trabajo y paseando por Manhattan con pantalones caqui, blusas sueltas y sandalias de madera.
Se estremeció con la imagen.
Aunque ella no estuviera dispuesta a admitirlo, necesitaba ampliar sus círculos profesionales, buscar clientes prósperos y, por Dios bendito, vestirse para el éxito.
– Una copa -advirtió ella, soltando su mano y lanzándole una mirada de advertencia, mientras se sacudía el agua del bañador.
– Una copa -aceptó él con desgana, desviando la mirada de su seductora figura.
– Ni siquiera te has mojado -dijo ella mirando su bañador y arrugando la nariz.
– Eso es porque no he venido a nadar -la tomó del codo y la condujo hacia el vestuario.
Tenía la piel suave y fresca, como las baldosas que pisaban sus pies. Ella se detuvo a la entrada del pasillo y se volvió para mirarlo. Casi vio cómo su mente calibraba la situación y formulaba argumentos.
– Supongo que no estarías dispuesta a cambiarte en el vestuario familiar, por los viejos tiempos, ¿verdad? -dijo él, buscando una distracción.
Eso hizo que sus ojos de color moca destellaran, pero también acalló su boca. Tal y como él había pretendido.
